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26 de febrero de 2021

Emoción y sentimiento: carta de Martín Palermo a Diego en The Players Tribune

“Para mí Diego todavía está ahí. Dios aún existe. Y de algún modo, siempre estará”

“La última vez que escuché la voz de Diego fue a principios del año pasado, cuando yo había vuelto a Argentina después de haberme ido del Pachuca, el equipo que estaba dirigiendo en México.   Cuando me sonó el teléfono y vi quién era, honestamente me sorprendió, porque no pensé que Diego tuviera el tiempo para hacer ese tipo de llamados en ese momento.  

O sea, sólo el hecho de ser Diego Maradona implicaba hacer un trabajo de 24 horas los 7 días de la semana, ¿no? Los hinchas y los periodistas lo siguieron a todas partes toda su vida. Debe haber sido agotador. Pero encima ahora estaba dirigiendo a Gimnasia, en la Primera División argentina. 

Así que aunque siempre supe que Diego tenía un gran corazón, de verdad pensaba que ya tenía suficiente de lo que ocuparse.

Pero me equivoqué. De algún modo encontró el momento como para llamarme. Éramos muy cercanos, lo habíamos sido por un largo tiempo, pero no habíamos trabajado juntos en casi una década. Pero por supuesto, como siempre, con Diego nunca era sobre trabajo. Con él siempre fue algo personal. 

Me dijo, “¿Qué hacés, Martín, cómo estás? ¿Cómo está la familia? ¿Cuándo te venís a comer un asado?”

Y, bueno, así era Diego. Sabía que su presencia era importante para todos los que estuvieran cerca de él, y sólo quería mostrar que estaba presente y disponible para lo que necesitara. Siempre fue así, siempre cuidándote, preguntándote cómo estabas. Y siempre se aparecía cuando menos te lo esperabas. 

Pero una cosa que tenés que entender sobre Maradona es que no era así sólo conmigo. No, no. Diego era así con cada uno que de verdad le importara.  La manera en la que te hacía sentir… tenía una calidez especial que era increíble. 

Y es por eso que todavía no pude asimilar el hecho de que ya no esté. 

Pasaron tres meses desde que Diego nos dejó. Cuando escuché la noticia, inmediatamente le mandé un mensaje a un periodista amigo que sabía que era cercano a él. “¿Es verdad?”. Me respondió: “Sí…”. Y en ese momento, uno no… no puede creerlo. O sea… uno se acuerda la cantidad de veces que Diego estuvo en situaciones parecidas, en las que estaba en el hospital y se multiplicaban rumores sobre su muerte, y entonces pensaba: “No, no puede ser, solamente es lo que están diciendo. Probablemente no sea nada”. Y al final realmente no era nada. Maradona siempre se recupera. Maradona siempre sobrevive. Había pasado tantas veces. Entonces pensás Esta es sólo una más.

Pero después la noticia sobre su recuperación nunca llega. 

Me agarró mucha ansiedad a medida que seguía esperando. Incluso le mandé un mensaje a Claudia, su ex mujer, para saber si era cierto. Dijo que sí. Y aún así no lo terminás de creer. Tu mente se rehúsa a aceptarlo. Para mí, Diego siempre iba a estar ahí. Estaba seguro de que iba a llegar a los 100 años. 

Maradona siempre se recupera. Maradona siempre sobrevive. Había pasado tantas veces.

Y ahora, mientras los días siguen pasando, todavía tengo esa sensación de que no es cierto. 

Diego sigue ahí, más vale.  Probablemente te lo cruces en algún momento.

Sé que hablo por muchos argentinos cuando digo que todavía me cuesta imaginarme un mundo sin Maradona. Desde que era un chico él siempre había estado presente, siempre intocable. Cuando lo vi en el Mundial 86, me di cuenta de lo que significaba para el mundo, y de lo que significaba para nosotros. Diego cambió mi percepción de lo que era el fútbol.  

Todavía lo veo como la figura más representativa de lo que siento por el fútbol. No sé si entiende. Déjame tratar de explicar. En México 86 yo tenía 12 años, y había jugado a la pelota con mis amigos en las plazas y en las canchitas del barrio toda mi vida. Incluso hay una foto mía de chiquito tratando de dar mis primeros pasos, y aparentemente lo primero que hice fue patear una pelota, jaja. Pero siempre fui muy reservado. Con mi papá no hablaba mucho de fútbol, o de casi nada, la verdad. Yo volvía de un partido y él me preguntaba: “¿Y? ¿Cómo te fue?”. 

Y yo le decía: “Bien, ganamos 2-0”. 

Y él: “Bien. Metiste algún gol?”

Y yo: “Ah, sí, hice uno”.

Y eso era todo. No es que entraba al living y me tiraba de rodillas gritando “¡¡¡GANAMOOOOS!!! ¡Y CON UN GOL MÍO!”. Me lo guardaba para mí mismo. 

Y sí, ojo, yo aun así sentía todas estas lindas emociones cuando jugaba al fútbol. Y cuando vi a Maradona en el 86, esas emociones se agrandaron. Viendo los partidos en el living de mi casa con mis padres y con mi hermano, vi a Diego llevar al fútbol a una dimensión que nunca había pensado que fuera posible. Los goles, la gloria, la pasión. El fútbol era eso. Cuando salimos a festejar el título en la calle, entendí que esta era la mayor expresión de satisfacción, de alegría, que el fútbol podía traer. Y el origen de toda esa emoción era Maradona. 

Por supuesto, después descubrí que el fútbol también podía traerte dolor. Cuando empezás siendo un chico, jugás por diversión, nadie te fuerza a que hagas nada. Pero cuando te sumás a un club profesional, te das cuenta de que tu idea de ser futbolista va a cambiar. Para mí fue un sueño llegar a Estudiantes de La Plata, el club del que era hincha desde chico, el club de mi papá y de mi hermano. Toda mi familia es de La Plata. Pero también empecé a sufrir lesiones, contratiempos y frustraciones. Y de nuevo, la sensación de tristeza era algo que Diego transmitía mejor que nadie. 

El momento en el que me sentí más cerca de él, incluso sin haberlo conocido, fue durante el Mundial 94 en Estados Unidos, cuando lo sacaron del torneo y él salió a decir que le habían cortado las piernas. Yo tenía 20 años y había debutado profesionalmente dos años antes. Viéndolo ahí, sintiendo su dolor, despertó una nueva clase de afecto. Cuando lo vi llorar, quería llorar yo también. Es difícil, realmente, describir lo que sentí en ese momento. Todo lo que puedo decir es que me sentí más conectado con él que nunca antes. Era Maradona, era Dios, pero también era humano, ¿no?

Nunca pensé que me iba a hacer tan cercano a él tan cerca como finalmente fui. Nada más conocerlo en persona fue un sueño hecho realidad. La primera vez fue cuando yo jugaba en Estudiantes y fuimos a jugar contra Boca en agosto de 1996. Los dos éramos capitanes, así que nos juntamos en el círculo central. Después del sorteo, tomé coraje y le dije: “Diego, cuando termine el partido, ¿me darías tu camiseta?” Debo haber sonado como un pibe fanático… ¡y lo era! Y esto es lo que pasó: ganamos el partido, metí dos goles, y cuando terminó el partido mandé al utilero a que me buscara la camiseta. Diego me la mandó. 

Unos meses después, Maradona le pidió a Mauricio Macri, el presidente de Boca, que me comprara. Era 1997 y ahí tuve el honor de llegar a Boca. El equipo era increíble: estaban Diego, Claudio Caniggia, Diego Latorre, Navarro Montoya, Néstor Fabbri, los mellizos Barros Schelotto… pero el club no estaba pasando un buen momento a la hora de ganar títulos. Así que los hinchas tenían motivos para no estar contentos. Y sin embargo, con Diego ahí, todo estaba en calma. Su presencia de algún modo tapaba todo. 

Era Maradona, era Dios, pero también era humano.

Todavía siento que fue una bendición haber podido jugar con él al lado en los últimos meses de su carrera. Obviamente no estaba en la plenitud de su momento de esplendor de los años 80 —el Diego del Napoli, bueno, era otro Maradona. Pero igual te asombraba. Llegaba al entrenamiento y era como si todo se paralizara, y nosotros nada más mirábamos lo que hacía con la pelota, o nos quedábamos viéndolo con la boca abierta mientras clavaba otro tiro libre al ángulo. No exagero para nada: literalmente Diego podía poner la pelota donde él quisiera. 

Al mismo tiempo, Diego no era solamente talento. Jugar con él, o simplemente estar cerca de él, te generaba un tipo de motivación especial. Su último partido fue un superclásico contra River en el Monumental. Cuando salimos al campo, te dabas cuenta de cuánto lo disfrutaba. Lamentablemente tuvo que salir lesionado en el entretiempo, pero me tocó meter el gol del triunfo, así que terminamos teniendo un doble festejo: por mi gol y por su último partido. Cantamos, bailamos, fuimos a comer. Experimentar una cosa así con cualquier otro te marca para toda la vida. Pero hacerlo con Diego… bueno, eso fue muy pero muy especial. 

Todo ese periodo con Diego pasó muy rápido. Fueron apenas unos meses, y ahora, mirando atrás, quizás tendría que haberlo disfrutado más. Diego sabía que estaba cerca del retiro, pero aun así siguió peleando hasta el final. Se brindó al equipo a todo nivel. Incluso cuando su cuerpo ya no podía más, igual se exigía hasta el límite. Siempre quería estar ahí para vos. 

Es como esas películas sobre los guerreros. El guerrero pelea contra todo y contra todos, pero no lo hace para él. Lo hace para el bien de los demás. Siempre vi a Maradona de esa manera. Desde lo individual era un artista. Como compañero era un gladiador. 

Cuando Diego se retiró, fue porque tenía que hacerlo. Sabía que no se podía exigir más que eso, que su cuerpo ya había tenido demasiado. Lo había dado todo. 

Después de eso, empezamos a tener otra clase de relación. Nos unía Boca, y cuando yo todavía jugaba, él volvió al club como director deportivo. Empezamos a interactuar más. Y ahí fue cuando empezamos a tener una relación más personal. 

Tuvimos gestos que significaron mucho para el otro. Él vino a mi casamiento. Cuando perdí a mi hijo, él estuvo ahí para mí. 

Y cuando él tuvo momentos difíciles, yo estuve cerca de su familia.

Nunca pensé que volveríamos a trabajar juntos. Menos me imaginé que tendría la posibilidad de ir a un Mundial con él. No había jugado para la Selección Argentina desde 1999. Y en 2008, cuando yo tenía 34 años, me lesioné los ligamentos de la rodilla derecha. En ese momento ni siquiera sabía si iba a volver a jugar al fútbol.

Pero me recuperé a principios de 2009, y para entonces, por una de esas raras cosas del destino, Diego se había hecho cargo de la Selección Nacional. Y después empezó a apoyarse en los jugadores que estaban en el fútbol local, y no sólo en los que venían de Europa. Y entonces, me llamó. No había jugado por una década con la camiseta argentina y de repente Diego me empezaba a dar partidos. Así llegamos a la parte final de las Eliminatorias para el Mundial, y yo me di cuenta de que podía ser parte. 

Adelantamos a octubre de ese año y nos encontramos con el partido en el que le tenemos que ganar a Perú en la anteúltima fecha para mantenernos con chances de ir al Mundial. Era un momento de crisis para Argentina. No ganar un Mundial, ya es bastante malo. ¿Pero ni siquiera ir a un Mundial…? Impensable. Realmente estábamos bajo mucha presión y había que salir con el cuchillo entre los dientes.

Así que ahí estamos, jugando contra Perú en Buenos Aires, y diluvia. Es un clima bíblico. Hacemos un gol. Gracias a Dios, está todo dado para ganar 1-0. Y después llega el empate de Perú antes del final. Desastre. Estábamos terminados. Game over. Chau Mundial. La gente se empieza a ir del estadio, como loca, enojada. Y Diego, que había sido muy criticado en la prensa por sus tácticas, por llamar a un delantero viejo que todos creían terminado… ahora también está listo. 

Pero en tiempo de descuento, ganamos un corner. La pelota llega al área y me queda de frente, para que la toque rumbo a la red. Gol. Empiezo a correr como un loco, con todos los compañeros que me persiguen. El estadio explota. Diego también se manda corriendo al campo, se tira de cabeza y aterriza en el pasto mojado. Qué momento. ¡Qué noche! 

Me gusta pensar que si mi vida fuera como una película, y la primera escena fuera esa foto en la que estoy pateando una pelota, el final, cuando llegan los títulos, sería el de ese festejo de gol bajo la lluvia.

La pelota llega al área y me queda de frente, para que la toque rumbo a la red. Gol.

Esa victoria unió muchas cosas. Como la amistad entre Diego y yo, y la fe que había depositado en mí. Sin contar el hecho de que cuando Argentina se clasificó para el Mundial 86, también lo había hecho con un gol a Perú cerca del final, en una eliminatoria muy tensa.

¿Era pura coincidencia? No lo creo. Creo que ahí había una conexión. 

Después de marcar un gol como ese, uno se empieza a preguntar qué va a pasar en el verdadero Mundial. Nunca había ido a uno. Y ahora Diego se estaba preparando para anunciar al plantel definitivo, y la incertidumbre había estado en el aire por meses. No tenía idea si me iba a llevar. Cada tanto me llamaba y me preguntaba cómo andaba. Y justo antes de la convocatoria, me llamó y me dijo: “Martín, te tenés que presentar el lunes. Vas a ir al Mundial”. 

Todavía me acuerdo de su voz en ese llamado como si fuera ayer.

Y sólo podía estarle agradecido. Lo único que le decía: “Gracias, Diego. Gracias por la oportunidad”. Siempre mis palabras para él fueron de agradecimiento. 

Lo mismo cuando le hice el gol a Perú: un abrazo y un gracias. Así es como era. 

Sabía que no iba a estar entre los titulares. Tenía 36 años cuando fui a Sudáfrica, y en el plantel había jugadores como Lionel Messi y Carlos Tevez, así que lo entendía. Pero en el último partido del grupo, contra Grecia, ya estábamos clasificados para la siguiente ronda, y Diego me puso en los últimos 10 minutos. Fue mi primer partido en un Mundial. E hice un gol. Lo hice con mi familia en la tribuna: mi hermano, mi hijo mayor, mi mujer. Fue uno de los momentos más felices de mi carrera, y otro de los que conectó muchos puntos. Sentí como si mi carrera hubiera llegado a completar un círculo.

Jugar para Diego fue una experiencia especial. Lo que representaba para nosotros, la manera en la que nos hacía sentir, era muy fuerte. Iba más allá de la táctica. Simplemente te llenaba de confianza. Cuando pasamos a octavos de final, de verdad pensábamos que podíamos ganar el Mundial. Porque así era como se daban las cosas con Diego. Lo había ganado como jugador. Lo único que le faltaba era ganarla como técnico, y ahora estaba ahí con nosotros. Tenía tanto sentido. Parecía una cosa del destino.

Así que sí, el hecho de que no pudiéramos ganar esa Copa fue una de mis grandes decepciones, tanto a nivel de mi carrera como por la relación con Diego. 

Así y todo, los lindos momentos por esa etapa con la Selección siempre van a estar conmigo. Y tengo una pequeña cosa para recordarla. Diego siempre usaba esos aros brillantes que parecían iluminar el lugar donde estaba. Un día antes de un partido le dije: “Bueno, si hago un gol, me das un arito”. Era una broma, pero al día siguiente metí el gol y me lo regaló.

Todavía lo tengo. Está muy bien guardado, como un pequeño tesoro.

Después de ese Mundial, la vida de Diego tuvo sus altibajos. Lo que la gente tiene que entender es que es muy difícil ser un futbolista profesional o un técnico. Pero mucho más difícil era ser Diego Maradona. Muchísimo más difícil. Cualquier intento que hiciera por ser una persona normal era en vano. Lo seguían 24 horas por día, lo adoraban, lo molestaban, lo atacaban. No podía caminar por la calle en paz. ¿Cómo se puede aspirar a vivir una vida normal de ese modo? 

Si pudiera volver el tiempo, haría lo que fuera posible para ayudar a Diego en sus últimos años. Intentaría ayudarlo a que viviera una vida que fuera un poco más natural, un poco más real. Quería verlo envejecer. Pero ayudar a Diego no era fácil, porque muchos lo intentaron, también. Es difícil saber realmente lo que pasó en el último tiempo para que terminara como terminó. No me gustó cómo tuvo que vivir en sus últimos dos años. Ver la figura de él deteriorándose tanto... No era el Maradona que me gustaba ver. 

Lo que más lamento de todo es que lo hayan dejado tan solo. No se lo cuidó. No se lo ayudó para terminar una vida que fuera digna de quien fue. 

Nunca juzgaría a Diego. Tuvo sus errores, seguro, pero vivió su vida y es así. Todo lo que me interesa es lo que Diego fue para mí y lo que me hizo sentir. Es difícil de explicar, especialmente en el contexto futbolístico, pero, para los que creen que Dios existe, y yo lo creo… Diego es como eso en el fútbol. Dios existe en todo lo que representa. Para mí, Maradona es lo mismo en el fútbol. 

No sé cuándo voy a enfrentarme con la realidad. Quizás en algún momento tendré que aceptar que Diego se fue, del mismo modo en el que tuve que aceptar la muerte de mi hijo. Voy a tener que cruzar ese puente y decirme: “No está acá. No lo voy a ver nunca más”. 

Pero todavía no llegué a ese punto. Es demasiado doloroso, demasiado surrealista. 

Para mí, Diego todavía está ahí. Dios aún existe. 

Y de algún modo, siempre estará.

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