30 de abril de 2026
Sawe, y no hay muchos emigrantes, hay muchos fascistas
Por José Luis Lanao
30 de abril de 2026
La historia se repite primero como tragedia, luego como farsa. Lo dijo Marx, Groucho no, el otro. Esta historia es muy actual. Al poco de nacer, Jesús fue llevado precipitadamente por sus padres de Judea a tierras del Nilo, en el viaje que se conoce como “la huida a Egipto”. Era preciso salvarle la vida. Según el relato de Mateo, el nuevo rey de los judíos, Herodes el Grande, “montó en cólera y ordenó la ejecución de todos los nacidos menores de dos años”. Fue entonces cuando al carpintero José se le apareció un ángel y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto y permanece allá hasta que yo te diga, porque Herodes buscará al niño para matarlo”. Se fueron con lo puesto. Una opción exacta a la de quienes hoy emigran al objeto de proteger su vida y su seguridad frente a persecuciones o situaciones peligrosas: los que lo hacen, más que por razones económicas, por otras de índole política, como quienes buscan refugio o asilo. La esencia de la condición de cualquier emigrante de cualquier época, incluida la de Jesús: verse impelido a abandonar el propio territorio de origen por constricciones ajenas a su voluntad. No es preciso ser biblista ni religioso para descubrir estos textos. Basta con ser curioso y buscarlos. “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25:35). En la cristiana y fascista aldea de Trump, hoy Jesús sería deportado. Es que no sobran inmigrantes, sobran fascistas.
Sin su récord de 1:59:30 (lo que dura una misa de fanáticos cristianos evangélicos), Sebastian Sawe no tendría cabida en este planeta. Formaría parte de esa masa amorfa de carne magra que deambula por el mundo saltando alambradas y pidiendo perdón por existir. Cuerpos que sobran, que no encajan, que el sistema oculta porque ya no sirven ni como mano de obra barata. Son los expulsados del paraíso, condenados al infierno, que no está en otra parte sino en la Tierra.
Sawe nació en 1995, en la aldea de Cheukta, entre la dureza de campos de maíz y esa pobreza endémica, salvaje, sin cicatrizar del hombre africano. Comenzó a practicar atletismo a los nueve años, y por entonces en la aldea ya se contaban historias de lugareños que habían perdido la vida intentando alcanzar Europa. Sebastian Sawe creció en ese imaginario colectivo. Podría haber subido a una “patera” o a un “cayuco”, pero no lo hizo. Muchos otros lo hicieron, y no regresaron. Y otros muchos tuvieron que volver con el lomo encorvado a los campos de maíz. Es que Europa es afilada.
El plusmarquista mundial renunció al abismo de este deseo, pero conoció la intolerancia y la crudeza de la discriminación pura y dura de las sociedades opulentas. Durante sus años de atleta en formación, varios países europeos le denegaron sistemáticamente los visados para residir y entrenar en el continente. El keniata pisó por primera vez Europa en 2022, como inmigrante “legal” (cabe preguntarse si alguna carne humana puede ser ilegal). Hace tan solo cuatro años lo contrataron por 500 euros para ser “liebre” de la media maratón de Sevilla. En los primeros 10 km ya se había quedado solo, y de “liebre” pasó a ganar la prueba con un registro extraordinario: 59:09. Así se ganó el derecho de competir con los mejores. Sawe pasó de correr descalzo a ser contratado por Adidas por unos cuantos millones de dólares. La multinacional ya prepara la salida al mercado global de su juego de zapatillas y todavía no ha amanecido. Es la voracidad del capital, amigo.
Se sabe que los ricos heredarán la Tierra y los pobres el lado oscuro de la Luna. Al hablar de ricos y pobres, el lenguaje popular los distingue: los pobres tienen hambre, los ricos tienen apetito; las joyas falsas que lucen los ricos parecen auténticas, y las auténticas que lucen los pobres siempre parecen falsas; los ricos al morir entregan su alma, los pobres sus últimos ahorros; los ricos asaltan los bancos a cara descubierta desde el despacho del CEO, los pobres lo hacen por la puerta de entrada con capucha y pistola de plástico; los ricos hablan por el celular con la mandíbula levantada dando órdenes, los pobres contestan mirando el suelo porque son los que obedecen. ¿Uno se pregunta quiénes se sentarán a la diestra de Dios Padre allá arriba?
Lo mejor de las religiones ultraliberales es que producen herejes.
(*) Periodista, exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79
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