OPINIÓN
11 de octubre de 2026
La muerte de Maricarmen y las 180 casas de Simeone
Por
José Luis Lanao
El lenguaje del cuerpo es más franco que el de las palabras. Uno puede decir que no hay problema alguno, pero luego llegan las lágrimas y lo cuentan todo. La sociedad española lloró a moco tendido la muerte de Maricarmen Abascal, la anciana desahuciada de 87 años que tumbó un gobierno, le dio nombre a dos decretos, inspiró una huelga general que se adivina histórica y se metió de lleno en las próximas elecciones del 29 de noviembre. Nada menos.
La mujer, con un 50% de discapacidad, fue arrancada de su hogar por una empresa asociada a un fondo buitre que acabó por causarle la muerte quince días después. Los facultativos reconocen que su fallecimiento estuvo relacionado de forma directa con el desahucio. Más que lamentar el vacío, los políticos de la derecha y la ultraderecha parecen celebrarlo: sus partidos no le dedicaron ni un minuto de silencio. La trataron de “okupa” en los medios de comunicación, y volvieron a defender que la vivienda es un derecho relativo, que debe estar sujeto a los vaivenes del mercado.
Maricarmen se ha convertido en el símbolo de la lucha por una vivienda digna. Esa utopía inalcanzable que permite que una habitación en Madrid o Barcelona, compartida con otros inquilinos, cueste 700 euros al mes (800 dólares). En un país tan afectado por su muerte, algunos personajes famosos empiezan a ser señalados como grandes especuladores del ladrillo.
Uno de ellos es Diego Pablo Simeone. El programa “Grandes Caseros”, emitido por la cadena de televisión La Sexta, señaló al “Cholo” como uno de sus grandes protagonistas. El actual entrenador del Atlético de Madrid cuenta con 180 viviendas dedicadas al alquiler, una información recogida por un abanico amplio de medios de comunicación. El periodista Antonio Maestre expresó en el programa que “no puede estar protegido de la misma manera el derecho de que alguien haga negocio con 180 viviendas como Simeone, a que una persona tenga una vivienda para vivir”. España está indignada, y Simeone está indignado con España. Se sabe que al “Cholo” no le cayó bien lo emitido. Cualquier agravio sirve hoy para acumular autoridad moral y conservar el lugar de los ofendidos.
La muerte de Maricarmen ha llenado las plazas y las calles españolas. Una plaza se vuelve plenamente pública cuando la usamos para mostrar lo que sufrimos a solas y descubrimos que es asunto de todos. Llevamos a las plazas las necesidades que suelen quedarse en casa. Los movimientos sociales nunca hablan solo hacia fuera, a las instituciones a las que piden una ley, sino también hacia dentro, a la sociedad que construyen con su protesta. Rara vez consiguen de inmediato lo que piden, pero hacen algo más duradero: desplazar los límites de lo posible y razonable, al igual que la lucha contra los desahucios convierte en justicia colectiva lo que muchas familias viven como un fracaso privado.
La pregunta es si es posible construir una vida digna, pues el empleo ya no es esa llave que abre las puertas de la vida adulta: el techo, los recibos, el tiempo para criar y la certeza de poder quedarse donde hemos echado raíces. La palabra vivienda no respeta las fronteras habituales de la ideología, la clase o el territorio. Alcanza a la vez al trabajador precario, al joven mal pagado, al migrante, a la familia de clase media, al estudiante y al jubilado. La confianza en las instituciones se construye cuando sentimos que nos reconocen. Quienes acampan en las plazas de España ya han hecho lo que la democracia no supo hacer por ellos.
Con la muerte de Maricarmen, este país ha cambiado definitivamente la manera de cómo se concibe una casa, a pesar del enfado de Simeone. Tal vez invertir en lechugas no sea tan rentable, pero es mucho más saludable para el organismo.
(*) Exjugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979.