CURIOSIDADES
16 de enero de 2026
Historia para ser leída de un personaje increíble, de película: Charly Menditeguy dejó la F1 por Brigitte Bardot

Era muy buen piloto de carreras en el TC local. Tanto, que el 28 de enero de 1956 la escudería Maserati lo invitó a correr con una M300 los 1.000 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires en pareja con el inglés Stirling Moss
Carlos Alberto Menditeguy Estrugamou (1915-1973) era el clásico niño rico aristócrata que creció y se educó en la Argentina conservadora de principios del siglo XX.
Nunca trabajó en su vida, obvio, pero tenía un talento extraordinario para los deportes.
Jugó tenis, polo, corrió en TC, en Fórmula 1, aprendió de grande a jugar tenis y ganó un torneo en tiempo record. Un fenómeno.
En polo era brillante. Mantuvo durante años su 10 de hándicap en polo y con su equipo ‘El Trébol’ fue campeón del Abierto de Palermo. Sus caballos eran los mejores y él mismo los entrenaba.
También era muy buen piloto de carreras en el TC local. Tanto, que el 28 de enero de 1956 la escudería Maserati lo invitó a correr con una M300 los 1.000 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires en pareja con el inglés Stirling Moss, una leyenda de la Fórmula 1, ‘El rey sin corona’.
Ganaron.
Y no sólo eso: con solo tres días de entrenamiento Charlie logró bajarle los tiempos a Moss.
Todos quedaron impresionados, pero mucho más los directivos de Maserati, que le ofrecieron un contrato para correr la temporada de Fórmula 1 con una 250F oficial.
Le fue bien, corrió 11 Grandes Premios, subió a un podio y todo iba genial… hasta que la Bardot lo obligó a abandonar.
No, ninguna pieza del motor se llamaba así de manera simbólica. Se trataba de la Brigitte Bardot auténtica, 22 añitos, la chica más deseada del planeta.
La historia sucedió en Mónaco.
El representante de la Bardot la llevó con la idea de arreglar una cena con Fangio, el campeón.
Amable pero terminante, el campeón se negó porque estaba ocupado con los entrenamientos, pero le pidió a su amigo Charlie que lo salvara de quedar mal y cenara con la chica.
Menditeguy aceptó.
De pronto Menditeguy desapareció de las prácticas y ni siquiera fue a correr la prueba.
El equipo Maserati, indignado, lo despidió.
El bueno de Charlie había huido de incógnito con Brigitte Bardot a la Costa Azul dejando su butaca de F1 vacía.
“Era una oportunidad como para no desaprovechar, ¿no?”, se justificó cuando apareció, una semana después.
Su amigo Fangio se encogió de hombros y solo dijo: “Así es Charlie: no será campeón del mundo, pero solo porque no tiene ganas…”.
Charlie –el papá de Isabel– era un dandy seductor, muy audaz y para nada modesto. Alguna vez se trenzó en una discusión con amigos del polo y las carreras en Mar del Plata sobre cual deporte era el más difícil.
Para Menditeguy era el tenis, que había jugado desde chico con Adolfito Bioy Casares y Drago Mitre, hasta llegar al sexto puesto del ranking nacional.
Pero sus amigos sostenían que más difícil era el golf.
“¡El golf! ¿Cómo va a ser más difícil jugar a eso, que lo puede practicar un gordo, un petiso, un pibe de 15 y un viejo de 60? Jugar golf es fácil, una pavada. Yo jugué y lo largué por eso. Me aburría. Si me dan un par de semanas les hago el par de la cancha…”, se indignó.
La cosa fue creciendo en intensidad, alguien le propuso una apuesta, acordaron el número –mil dólares de la época, una fortuna– y Menditeguy aceptó.
Tenía un año –otras versiones hablan de seis meses y algunas de tres– para convertirse en scratch, llegar a 0 de hándicap: hacer el par ideal de la cancha.
Un año después, ganó la apuesta y, además, el torneo Abierto de Mar del Plata.
Roberto De Vicenzo, el mejor golfista argentino de todos los tiempos, cuando se enteró de la apuesta se rió con ganas: “Charlie es bueno pero no un mago: es imposible que lo consiga”.
Cuando supo que lo había logrado, no lo podía creer: “Ese muchacho es de otro planeta”.
De todos los deportes que practicó el que más naturalmente le salió y con el que más éxito tuvo fue el polo. Pero su gran pasión eran los autos. “El TC fue el gran amor de mi vida, pero también fue lo que más disgustos me dio”.
Uno de esos disgustos se convirtió en leyenda.
Menditeguy iba punteando como un campeón el Gran Premio de TC Mercedes-Arrecifes, el 7 de diciembre de 1963. Había hecho una carrera perfecta hasta que su impecable Ford llegó a Todd, apenas a 16 kilómetros de la bandera de llegada.
El motor empezó a toser, y de pronto se paró.
‒¡Fijesé a ver qué pasa, Linares! ‒le ordenó a su acompañante, que además era su secretario privado, mayordomo, cómplice de juergas y amigote con distancia.
Linares levantó el capó, revisó el motor, y de pronto insultó al aire.
‒Fundimos biela señor, me temo que no hay nada que hacer ‒diagnosticó con tono grave, asomando la cabeza sumergida en el motor inmóvil.
Menditeguy se bajó del auto sin decir una palabra, dio algunas vueltas sobre sí mismo y, sin alterarse, le dijo, con tono sereno:
‒Por favor Linares, agarre la manguerita aquella, sople y llene ese bidón de nafta. Después, rocíe bien todo el auto y quemeló. ¡Quemeló Linaressss...!
El aristócrata tragaba su orgullo y su furia mientras caminaba por la banquina hacia ninguna parte repitiendo la misma frase con un brazo agitado como látigo:
“¡Quemeló Linaressss, quemelóóó Linaressss…!”.
La carrera la ganó el novato que lo perseguía sin poder darle caza.
Carlos Alberto Pairetti, 28 años, en su tercera carrera, a cinco años de su campeonato de TC al volante del mítico Trueno Naranja, con Chevrolet.
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