La crueldad – Por José Luis Lanao
La crueldad viejísima – pero muy trabajadora – goza de envidiable buena forma. Una crueldad que usa a las finanzas como arma de colonización masiva bajo un capitalismo ultraliberal que sólo apuesta por la deshumanización y la desigualdad.
Por José Luis Lanao*
(para Sport Digital Saladillo)
En la imagen Milei presume de uno de sus “perritos”. Este no ladra, pero enseña los dientes. Ambos presidentes lo acarician con la actitud de quien posa junto a un caniche o a un sabueso premiado. La brutalidad, claro, no reside en la máquina, que carece de inteligencia y sensibilidad, sino en los dos bípedos, que deberían gozar de ambas. Que dos dirigentes políticos se representen así revela una concepción del mundo en la que la voluntad de gobernar se muestra bajo la mecánica de una violencia destructiva. La motosierra convertida en emblema donde todo lo arrasa, porque no distingue entre lo superfluo y lo imprescindible.
Una “mascota” decidida a convertir al Estado en una montaña de aserrín. Resulta inquietante la satisfacción con la que se exhiben junto a ella. No hay pudor ni conflicto moral. Hay sed de sangre y huesos astillados, como si el dolor ajeno fuera una variable de carácter menor; como si la cultura, la educación o la sanidad pública fueran obstáculos donde aplicar un tratamiento de fuerza bruta.
El extremismo calculado vende. La furia está bien financiada. El temor a ser considerado cruel ha desaparecido. Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Azuzar la crueldad frente al adversario enardece a las propias huestes y robustece la sensación de pertenencia. La crueldad viejísima – pero muy trabajadora – goza de envidiable buena forma. Una crueldad que usa a las finanzas como arma de colonización masiva bajo un capitalismo ultraliberal que solo apuesta por la deshumanización y la desigualdad.
Es así como la vida se presenta como herramienta de supervivencia. Deudas para comprar comida y medicamentos. Deudas para pagar el alquiler. Deudas para pagar deudas. La crueldad económica se agudiza bajo un proyecto neoliberal sostenido en lógicas fascistas de empobrecimiento y crimininalización. Peligramos si todo se pliega al poder de la riqueza, porque la libertad de todos depende de los límites del dinero. Aunque parezca contradictorio, confiar en la democracia supone recelar de las personas en quienes delegamos poder: la honradez espontánea aumenta en proporción al número de ojos vigilantes. Así impedimos que se desintegre la integridad. Hay que exigir más control sobre el poder para defender mejor lo público, ya que la corrupción es también una forma de privatización. Las declaraciones de principios se complementan con declaraciones de bienes. Donde se necesita investigar, cuidado con desregular.
No hay razones para ser optimista; sí las hay para creer que es urgente adoptar un compromiso radical para reducir el atropello. Lo significativo del presente es que la crueldad ha cobrado un protagonismo extremo. Si quienes la ejercían ayer trataban de enmascararla, hoy se exhibe sin complejos. La crueldad aumenta al tiempo que su popularidad, pero nada como el poder para transformarla en una exhibición contagiosa. Ese es el secreto de su éxito. Si nos parecía que la crueldad de Milei era un arrebato personalista, ahí está parte de la sociedad para jalearle.
Es curioso que lo grotesco de la foto no sea un defecto, sino un rasgo ignominioso de maldad. No se trata de mala propaganda, sino de lógica de poder comunicativo. Hoy el poder ya ni siquiera pretende decir la verdad. No es torpeza comunicativa: es una forma de gobernar. Ya no se gobierna sobre los hechos, sino gracias a ellos. Hay una diferencia entre un gobierno que miente y un gobierno que “trolea”. El primero todavía rinde homenaje a la verdad ocultándola; el segundo ha abandonado el juego por completo.
Frente a un poder que gobierna mediante la mentira y la crueldad, la única respuesta posible es construir realidad juntos: ciudadanos que graban, medios que verifican, comunidades que comparten lo que ocurrió. No como prueba aislada, sino como experiencia compartida de una comunidad que valida colectivamente lo que ve y lo que vive. Sin esa cadena, el régimen de irrealidad gana. La alternativa no es que alguien ponga sus ojos, su cuerpo y su vida en juego para que creamos lo que vemos. No deberíamos necesitar mártires para saber lo que es verdad.
Uno puede dejar de comer, pero no de pensar. Hay gente que hoy le pregunta a la Inteligencia Artificial a quien votar. No hay ficción capaz de seguirle el ritmo a la realidad.
Hubo un tiempo en que estaba mal vista la mentira, la crueldad, el odio. Es cierto. Hubo un tiempo.
*Periodista. Colaborador de Página 12, “Las Mañanas” de Víctor Hugo Morales. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.
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