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20 de agosto de 2026

Bajando de la cama de Milei

Por José Luis Lanao. Ya no hay tantas adhesiones públicas de futbolistas a las medidas del Gobierno.

Milei ganó las elecciones hablando con perros, visitando ferias y besando niños, entre otras actividades de variada altura intelectual. Ahora las puede perder hablando con perros, visitando ferias y besando niños. Significa que el mismo remedio puede producir efectos antagónicos. Creíamos que el celular nos iba acercar al sano conocimiento y al sentido común. Parece que no. Al día de hoy, si usted acude a un consultor para que le eche una mano en su campaña electoral seguro que le dice: “Hable con perros, visite ferias y bese a niños”.

Hay momentos tontos en nuestra vida: esperando el subte, cortando la lechuga, escuchando a Adorni. Existen tantas formas de perderse. A un político siciliano le preguntaron si se había prostituido alguna vez, y contestó “por dinero nunca”. El desaliento empieza a ser creativo.

La historia de la humanidad se reduce a los hechos que seleccionan y emiten los noticieros. Si le quitas la voz, toda la crueldad humana adopta la forma de espectáculo con la misma inocencia salvaje de la sabana africana. Los ricos se devoran. Los “Agnelli” venden su histórico diario “La Stampa”, y ante el temor de los “tifosi”de que también vendan la Juventus han dicho: “Nuestros valores no están en venta”. Los del fútbol claro, los otros sí.

En estos años, gran parte del fútbol argentino se metió en la cama con Milei y ahora no sabe como salir. Quieren bajarse de la alcoba sin que se note, sin hacer ruido, en “puntitas” de píe. Se acabaron las fotos, las camisetas firmadas, las manifestaciones de apoyo, los gestos solidarios, las sonrisas. Ya no se habla. Se ha dicho todo o casi todo. En un país dónde los futbolistas jamás hablan de política, en esta legislatura no hubo forma de pararlos. Se soltaron la “melena” (nunca mejor dicho), como expresión refinada de un compromiso ideológico hasta ahora desconocido. Estaban en su derecho, faltaría más. Pero hoy el silencio fluye, precisamente ahora que el país está más delgado que nunca.

El deporte siempre estuvo lleno de “ignavis”, aquellos que Dante inmortalizó en la Divina Comedia y los condenó al rincón más abyecto del infierno. Son los tibios, los que en tiempos de crisis no toman partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos, no respaldan en teoría ni a las víctimas ni a los verdugos, lo que en la práctica los coloca junto a los verdugos.

Hemos entrado de lleno en la batalla internacional por la privatización del balón, y al jugador de fútbol, una vez más, lo han dejado al margen. Si Gianni Infantino, ideólogo del proyecto, sobrevive será en gran parte por el “agente naranja” que no deja de encerarle la calva.

Somos un racimo de vidas corrientes con sus afanes menudos, con sus fulgores cotidianos, con esa invisible placidez que tanto añoramos cuando nos lo arrebata el desaliento. Todo se apacigua después de una charla con los amigos, o con la familia, donde se habla del tiempo, de política, de fútbol, y de esas cosas simples que nos regala la vida: un recuerdo, una broma, una mirada. Eso es la belleza. Eso y poco más. Ese atractivo de la vida pequeña, minúscula, donde la utopía ha perdido su inocencia y el presente se desnuda más pobre, más desigual, más precario. Un país sujetado con alambre, donde la nueva política -como aconsejan las consultoras- sigue hablando con perros, visitando ferias y besando niños.

(*) Ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón Mundial Tokio 1979

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