OPINIÓN
23 de abril de 2026
Condones asesinos y un Mundial de sangre fresca
Por Jose Luis Lanao: Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979
La mentira ya no es lo que era. Antes se mentía allí donde los ciudadanos no sabían, porque no podían saber; hoy se miente a los ciudadanos allí donde en principio, pueden saberlo todo. Y funciona. Tal es el estado de manipulación actual de la información que dificulta encontrar alguna certeza. La verdad ya importa poco. La ignorancia es poder.
Hace un año Trump informaba de la destrucción de una partida pública de 50 millones de condones destinados a Hamás. La noticia se viralizó en todo el mundo. Se llegó a pensar que detrás de la medida podían estar grupos de presión cristianos antiabortistas. Es más, varios iluminados de la red lo culparon de favorecer la procreación de futuros terroristas “gazatíes”. Hay que tener paciencia de estalactita con la especie. En realidad, lo que Trump vino a decir es que los condones no estaban destinados al acto sexual, sino para algo más natural: “para fabricar bombas”.
La información fue confirmada por la portavoz de la Casa Blanca el 28 de enero de 2025, en justificación por el corte de ayuda financiera y alimenticia a la Franja, con una salvedad. Los cordones eran para Mozambique. Trump volvía a mentir aprovechando el conflicto en Gaza. ¿Uno no se imagina al Pentágono diseñando contra reloj drones para aniquilar condones asesinos? No hay ficción que le pueda seguir el ritmo a la realidad.
¿Pero a quién le importa la realidad? No se pretende ser real, sino ocupar la realidad; llenarla y vaciarla y volverla a llenar de miles de microirrealidades diseñadas para que calen en actos de conformidad ciudadana, de complacencia, de sumisión. Es así como se pone en duda si un saludo nazi es un saludo nazi; y si Adorni se “esnifó” legítimamente un depto en Caballito. La verdad ya no importa, y sino importa para qué preocuparse por los hechos.
Por convicción e ideología la FIFA de Infantino (antiguo militante neofascista) se mira en el espejo de Trump. Representa un poder que no gobierna: irrumpe. No administra: se impone. Un poder que solo existe para sí mismo. Escenifica la instauración de una oligarquía infecta. Quién desafía el monopolio de su poder deja de ser parte del rebaño y pasa a ser un problema a resolver. Entrar en su “fútbol de nueva modernidad” (palabras suyas) significa que has entrado en el universo donde el dinero fluye, cala, perfora, se mete en las tripas y en los corazones. Una estructura llena de oligarcas que sudan dinero a borbotones, protegidos por coorporaciones publicitarias, multinacionales televisivas, y megamillonarios aburridos que cada cierto tiempo salen de rebajas y se compran un equipo de fútbol como quien se compra un cepillo de dientes.
En ocasiones, hay que decirle a la gente lo que la gente no quiere oír. Estados Unidos no merece este Mundial. Tiene las manos manchadas de sangre fresca. Entre caños, gambetas y “rabonas” van a maquillar cientos de miles de muertos provocados por su maquinaria infernal. La destrucción masiva, los niños gaseados, la sangre, el hambre, el odio, la crueldad y la humillación subirán con Trump a la entrega de la Copa del Mundo a los vencedores. Debajo quedará la desmemoria de un genocidio. Hay que insistir en llamar “crimen de guerra” a lo que la gramática dominante llama política. Algo tan sencillo como nombrar correctamente se convierte en un acto político en sí mismo. Cuando el lenguaje normativo desaparece del espacio público, cuando “crimen de guerra” deja de ser una categoría operativa porque quienes deben invocarla deciden no hacerlo, no es que la realidad cambie, lo que cambia es la verdad, y quienes pudiendo nombrar las cosas por lo que son, eligen no hacerlo. Un crimen de guerra es un crimen de guerra. Y llamarlo por su nombre es esencial cuando hay tanto interés en silenciarlo.
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