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21 de mayo de 2026

Petro, Yamal, 20.000 niños asesinados y una bandera


Al astro del Barcelona lo retrataron en un mural en Dublín.
Por José Luis Lanao

Las democracias modernas aprendieron a hablar de igualdad sin hablar de historia. Construyeron teorías de justicia para repartir bienes, pero no para reconocer heridas. La separación entre justicia reparativa y distributiva no es natural, es un producto histórico. El tiempo no borra la injusticia: sólo cambia la forma en que se la administra. ¿Cuántos años deben pasar para que una injusticia importe de verdad? ¿Doscientos, como la esclavitud? ¿Ochenta, como el Holocausto? Los 20.000 niños y niñas asesinados en 23 meses de guerra en Gaza (más de uno cada hora) son la “calderilla” de nuestro tiempo. Propinas abandonadas que se dejan caer sobre la mesa de un café; “moneditas” que se pierden en el fondo de los bolsillos, entre los almohadones del sofá. Ya nada nos impresiona. Nada nos conmueve. Vivimos en una absorbente parálisis colectiva, anestesiados bajo esa abstracción totalitaria de querer ser los primeros en todo: América primero, Catamarca primero, Ciudadela primero. Es en la estupidez donde el ser humano se vuelve imbatible. No es que ya no nos afecte lo que vemos, sino que no nos concierne lo que le sucede a los otros. A estas alturas el drama palestino es consumido con la sensibilidad de un parte meteorológico: “parece que refresca en Oriente Medio”. Un día pagaremos por esas vilezas disfrazadas de indiferencia. Lo mejor de la tibieza es que en ocasiones produce herejes. Así apareció Yamal, “subido” a lo alto de una bandera palestina festejando el título del Barcelona. La que le cayó al pobre “chaval”. Mejor se hubiera acompañado de la bandera de Greonlandia. Algo más light, menos provocador para la extrema derecha internacional y el sionismo desbocado. Lo tildaron de terrorista de Hamas para arriba. Uno se pregunta que hay más arriba. Lo cierto, es que a menudo es difícil diferenciar a un terrorista de un “combatiente de la libertad”: la definición depende mucho de quien la emite. A cierto nivel de poder puedes tener encima un Vietnam, un genocidio, un golpe de Estado, o todo junto, como Henry Kissinger, y ser un combatiente de la libertad. Una vez que pasas del centenar de muertos, ya te da igual mil que un millón, entras en la categoría de estadista, como Netanyahu, ese “etnócrata” “mussoliniano” con los brazos manchados de sangre hasta los codos. El término etnocracia se utilizó por primera vez en 2018 en Israel, con una ley marcadamente étnica, en la que se dice que el “etnos” judío es el que tiene derechos. Lleva a pensar no solo en la supremacía del “etnos”, sino en que mi grupo étnico solo puede sobrevivir sin el otro. Huele a la limpieza étnica. Es muy saludable que Lamine Yamal se posicionara sobre la guerra de Gaza. No es un extraterrestre: es un ciudadano con sus derechos y deberes, tan responsable como usted y como yo de cuanto ocurre a su alrededor. Quien piense lo contrario defiende una idea empobrecedora y falaz de la política ciudadana. El ministro de defensa israelí, Israel Katz, salió a su encuentro: “Eligió incitar contra Israel y fomentar el odio. Hay que dejar claro que no hay lugar para la incitación ni el apoyo al terrorismo”. Curiosas fueron las declaraciones del entrenador del Barcelona, Hansi Flick. El técnico alemán se desmarcó de inmediato del jugador: “Los temas políticos no me gustan (...) Estamos para jugar al fútbol y que la gente esté contenta”. Lo estamos, Flick. Cómo no lo vamos a estar. Lo están Gustavo Petro, Pedro Sánchez, y por lo menos, medio mundo. El presidente colombiano difundió un mural en homenaje a Lamine Yamal realizado en uno de los lugares más reconocidos de Dublín. Mas tarde lo volvió a colgar, expresando: “Compartiéndolo de nuevo para que lloren más”. Da la impresión que un genocidio es un asunto del que nadie puede hablar, y menos un jugador de fútbol. La posverdad no sólo la producen quienes mienten; también quienes, pudiendo nombrar las cosas por lo que son, eligen no hacerlo. Un genocidio es un genocidio, y llamarlo por su nombre es esencial cuando hay tanto interés en silenciarlo. Los misiles israelíes no caen solo sobre niños, mujeres y hombres palestinos, caen también sobre nuestras conciencias. Hoy, todos los dolores de la Franja duelen como propios. (*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79

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