OPINIÓN
3 de noviembre de 2026
Es el paroxismo ultraliberal, estúpido
Por José Luis Lanao
Abra usted el capót de su coche. Asómese al motor. ¿Lo comprende? No, pero lo sigue observando un buen rato. Abra ahora el capó del país, asómese a ese revoltijo de calamidad y miseria. ¿Lo comprende? No, pero continúa inclinado sobre él, a ver qué pasa. A ver de dónde viene el ruido. Es que el país hace un ruido raro. ¿Se puede estar de acuerdo, por ejemplo, con el reparto de la masa madre, con el reparto de la masa madre salarial, la de los jubilados, la de la cultura, la de la vivienda, con el reparto de la riqueza? Si usted ha contestado que sí a tres o más de estas preguntas, usted está fuera del sistema.
Lo mejor para que el que está fuera se sienta dentro es abrirle la puerta. ¿Pero quién tiene la llave? La tiene esa fuerza magnética que se llama capitalismo salvaje, ultraliberalismo, atraco a mano armada, como ustedes prefieran. Si pasas cerca de sus bordes, te atrapa, te chupa, te absorbe y ahí te quedás. Y mientras nosotros debatimos sobre las reglas del juego, ellos juegan ya en otro tablero, pues los más poderosos ya han construido su propio casino. El poder extremo, económico o político, ha entendido que ya no necesita justificar sus excepciones. Somos meros espectadores de un mundo con reglas a la carta.
La clave no es convencer, sino avanzar con hechos consumados, de “cambiar la mentalidad” que escenifique el nacimiento de un nuevo orden y nuestra imposibilidad de detenerlo. La fantasía ultraliberal en su forma más pura.
Es lo que sucedió en el Superclásico, el verdadero poder asomó la patita. Ese poder conjunto de vínculos y lazos entre el Gobierno y dirigentes futbolísticos, obsesionados con el modelo privatizador. Oligarcas de un lado y de otro; esa frontera difusa entre el Estado y las grandes empresas privadas por las que tantos transitan y conocen. Representa un poder que no gobierna: irrumpe; no administra: impone. Un poder que solo existe para sí mismo, y escenifica la instauración de una oligarquía infecta.
La crispación del Superclásico fue posible porque en las semanas anteriores insistieron en llamar crimen a lo que en realidad es una guerra. Una guerra es una guerra, y llamarla por su nombre es esencial cuando hay tanto interés en silenciarla. Algunos presidentes de clubes, de médula espinal privada, han decidido no nombrar abiertamente lo que ocurre. En ese vacío, el silencio se convierte en un acto político en sí mismo. Le tienen pavor a que la masa societaria se los lleve por delante. A que sean expulsados del negocio. Entienden cómo funcionan los sistemas de dominación, que no se sostienen solo por la fuerza ni por la convicción ideológica, sino por millones de pequeños actos de impostura. Me pregunté dónde habrán aprendido a disimular de ese modo, aunque el capitalismo salvaje, sin duda, es una gran escuela. Decir que todo es fango niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La idea es embarrar el lodo. La pregunta ya no es “¿es justo el fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Todo lo que no encaja con esa hipersensibilidad de la ofensa vestida de exigencia moral del poder dominante es foco de sospecha. Este Gobierno ya no es garante de la ley sino el brazo ejecutor de una narrativa. Es más siniestro que el tradicional nepotismo político, pues quiere convertir instituciones públicas en espacios privados, escenificando a cara descubierta la presencia inmemorial de una oligarquía infecta.
Hice cálculos de la cantidad de pena de la que disponía para repartirla equitativamente, y concluí que pena dieron Boca y River en lo futbolístico.
Pero esta nota no va ni de River ni de Boca, ni del árbitro del partido que para una inmensa mayoría debe ser fusilado junto a Nidal Hasan, militar estadounidense que será ejecutado próximamente por televisión (el primero desde la Segunda Guerra Mundial). Se trata de convertir lo conspiranoico en la salsa en la que se cuece la realidad, y convierte a las víctimas en promotoras del sistema que las oprime.
La frase atribuida a James Carville, asesor de Bill Clinton en 1992, “es la economía, estúpido”, encapsula un modelo simplificado de la realidad. El paroxismo neoliberal vino para liberarnos de todo sufrimiento: mejores viviendas, mejores trabajos, mejores salarios, mayor igualdad, mayores oportunidades, mayor protección social, y mejores clubes de fútbol. No mienten. Solo ocultan que es solo para ellos. La mentira de los ricos y sus secuaces políticos nos fascina cada día más. Hasta se presentan a las elecciones y las ganan. Nada es lo que parece. Nada es creíble. Lo real no importa. A pie de calle están los ciudadanos cargados de dificultades, de necesidades. Aguantando. Como debe ser. No saben vivir si no es por encima de sus posibilidades.
(*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979
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